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domingo, 12 de mayo de 2013

Bocados literarios (I)




A las puertas aún de Esterri se le pegó al viajero un perrillo sin amo, un mil leches sentimental, peludo y pícaro, que probablemente tuvo un bisabuelo setter y distinguido. Está demostrado por la experiencia que los perros eligen a sus amigos con cierto buen criterio. El perro es especie comensal del hombre (como el gato es su huésped distante) y, como tal especie, hubiera desaparecido hace ya tiempo de haberle fallado ese instinto de la amistad; si el perro no llega a saber elegir su arrimo con sabiduría, a estas alturas, probablemente, se hubiera convertido ya en un vago recuerdo histórico. El viajero es buen amigo de los perros y los perros, en correspondencia y justo pago, son buenos amigos de él.


Al viajero le hubiera gustado saber el nombre de su nuevo amigo; como no pudo averiguarlo, procedió por tanteo y le llamó de varias formas diferentes -Garibaldi, Paco, Gorrión...- sin éxito. Cuando al cabo de probar y probar, le dijo Llir, que es la forma antigua y poética del catan lIiri, lirio, el gozquecillo rompió a pegar tales y tan desaforados saltos, que el viajero entendió bien a las claras que si no se llamaba así, sí así quería llamarse para siempre.
Al salir de Esterri, a mano derecha del camino, se ve un gran edificio abandonado, sombrío y triste, en cuya fachada aún se leen las palabras de la caridad: Refugi Morelló. Per a vells pobres de la Vall d'Aneu. El perro Llir cruzó con muy respetuosa compostura ante los muros que, viejos y pobres, ya no guarecían a la vejez y a la pobreza del contorno. Un grupo de casas de madera -azules, verdes, amarillas, rojas- sirven de habitación a los empleados de una central eléctrica y a sus familias.

Viaje al Pirineo de Lérida, Camilo José Cela (1965).

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