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jueves, 11 de mayo de 2017

Arqueologias do indizível





Fotografias integrantes de la exposición Dizer o indizível”, organizada en el marco de la IX Semana Nacional de Museus na UNIFAL-MG.

Arqueologias do indizível pretende ser um chamado de atenção sobre as histórias esquecidas e os relatos ocultos nos objetos ignorados, nas paisagens poluídas, na poeira que deixa o passo do tempo e na ruína revelada pela pós-modernidade.


Chemnitz (Alemania), 2009



Complexo FEPASA, Jundiaí (Brasil), 2015 



Juan Manuel Cano Sanchiz



+ info sobre la exposición



viernes, 28 de abril de 2017

Ladronzuelo de monedas



Relato breve


Oscuridad. Es de noche y una sombra se desliza liviana por los tejados de una ciudad antigua que duerme. La luz lunar, tamizada por nubes asalmonadas, apenas descubre a este gato humano que besa con sus pies las tejas, sin quebrarlas, y supera los desniveles de su camino clandestino sin emitir sonido alguno. Su objetivo está próximo, pero mantiene la cabeza fría y calcula bien sus movimientos. Algo más aprisa ahora. El cielo está rosa y amenaza agua. No quiere mojarse.
Ya ha llegado. El Museo Arqueológico ocupa un antiguo palacio. Ahí abajo, un patio central emana romanticismo. De puntillas, saca una cuerda de una oscura mochila, la amarra a un pequeño saliente encalado y desciende como una gota de pez hasta el suelo empedrado. Ahora solo resta coger aquello a por lo que ha venido. Y marcharse. Mañana: entrega y cobro. El hombre mira en rededor y se descubre rodeado de pedazos de edificios de un pasado que le parece muy lejano.
Camina entre restos de esculturas y otras piedras de forma humana. Se distrae con una mujer tullida, agachada, con los dedos de los pies enormes. Por un momento su imaginación vuela y olvida que no es un visitante en este museo: se pregunta quién sería, reconstruye la postura de sus brazos, imagina qué borró el gesto de su rostro de piedra... Vuelve a la realidad.
Comienza la búsqueda. Atraviesa una puerta situada en lado derecho del patio. Es la más grande y le parece lujosa y antigua. Más apropiada, piensa, para contener un tesoro. Saca de su mochila negra una linterna, pues la escasa luz lunar de esta noche de tormenta no consigue penetrar en el interior de la habitación. Sabe que lo que ha venido a buscar se encuentra en una vitrina. Eso le han dicho, por lo que se dirige directamente a una de las dos que hay en la sala. No hay monedas en ella, solo viejos cacharros, no muy distintos, por cierto, a los que de niño tenía en casa, allá en el pueblo. El contenido de la segunda vitrina tampoco le satisface.
Vuelve al patio y se dirige a la puerta situada junto a la escalera que conduce a la planta superior del palacio. Topa, nada más entrar, con su objetivo. Ilumina las monedas y las mira a través del cristal: poco más de una docena, y todas viejas, muy viejas, oxidadas y rotas, como pisadas en la vía por las ruedas del tren. Poco le importa. Solo le preocupa que se le pague lo prometido por este puñado de chatarra. Da un golpe seco en el cristal superior, que se crispa y deshace. Fuera, truena y comienza a llover. Las gotas de lluvia caen sobre la verdina de los tejados como los cristales rotos sobre el tapete verde de la vitrina. Sin dilación, recoge las monedas y las guarda en una pequeña bolsa de tela. Se dispone a marcharse ya.
Cruza el patio en busca de la cuerda, que le espera erguida y húmeda allí donde la dejó. Algunos relámpagos iluminan con sus flashes las esculturas que habitan el museo, que clavan en el ladrón su penetrante mirada sin ojos. El hombre asciende y emprende el camino de vuelta, más acelerado ahora, con la lluvia empapándole la ropa oscura. Lo ha conseguido, piensa, mañana entregará las monedas, recibirá su dinero y asunto concluido. Todo ha marchado según lo previsto.

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El sol brilla alto en el cielo y un hombre pequeño y obeso espera con impaciencia y dinero a una cita que se retrasa. Fuma, suda y se inquieta. Las aceras relucen por la lluvia de anoche, pero ahora el sol aprieta duro en un cielo azul y raso, imponiendo su presencia. El hombrecillo seca insistentemente el sudor de su rostro con un pañuelo blanco empapado. Su frágil corazón late acelerado, golpeándole el pecho. Esto le incomoda. Mira una y otra vez su reloj preguntándose por qué tarda tanto en aparecer aquel a quien espera. Al parecer, nadie le ha dicho que anoche la verdina mojada de un tejado quebró contra el suelo de la calle los huesos de un ladronzuelo de monedas.

Juan Manuel Cano Sanchiz



¿Te ha gustado? Si así es, me alegro, y aquí te dejo otros de mis relatos:


sábado, 1 de abril de 2017

O apanhador de desperdícios, de Manoel de Barros




Uso a palavra para compor meus silêncios.
Não gosto das palavras
fatigadas de informar.
Dou mais respeito
às que vivem de barriga no chão
tipo água pedra sapo.
Entendo bem o sotaque das águas.
Dou respeito às coisas desimportantes
e aos seres desimportantes.
Prezo insetos mais que aviões.
Prezo a velocidade
das tartarugas mais que as dos mísseis.
Tenho em mim esse atraso de nascença.
Eu fui aparelhado
para gostar de passarinhos.
Tenho abundância de ser feliz por isso.
Meu quintal é maior do que o mundo.
Sou um apanhador de desperdícios:
Amo os restos
como as boas moscas.
Queria que a minha voz tivesse um formato de canto.
Porque eu não sou da informática:
eu sou da invencionática.
Só uso a palavra para compor os meus silêncios.


Manoel de Barros
O apanhador de desperdícios
Memórias Inventadas, 2005





A soma de nossos dias (Maria Martins, 1954/55)


lunes, 13 de marzo de 2017

Paisaje industrial de Andalucía (España)



Andalucía ha sido tradicionalmente una tierra propicia al tópico. Sobre ella ha pesado la descripción, un tanto manida, de ser una región carente de industria, anclada en el campo y consumida en el atraso. Con base en el escaso desarrollo de su sector secundario a finales del siglo XX, ha cundido la idea de que esa coyuntura se ha perpetuado a lo largo de su historia. De manera que podríamos decir, siguiendo a Rafael Castejón, que las consecuencias históricas se han confundido con la historia en sí.

Lo cierto es que Andalucía no experimentó -al menos, no en su conjunto- una Revolución Industrial propiamente dicha, a la inglesa. Sin embargo, ello no implica que durante los siglos XIX y XX no tuvieran lugar numerosos cambios e intentos de industrialización, algunos más afortunados y otros menos, pero todos relevantes en la configuración de la región y la sociedad andaluzas. Como consecuencia, los paisajes de la industrialización en Andalucía son, por encima de todo, diversos, plurales; de ahí su riqueza. Comprenden las actividades mineras, metalúrgicas y siderúrgicas; la producción y el almacenamiento de alimentos; las construcciones metálicas y mecánicas; la fabricación de herramientas, tejidos y otros objetos de consumo; la construcción naval y la pesca; las obras públicas y las infraestructuras hidráulicas; la industria química; la fabricación de cementos, materiales constructivos, cerámicas y vidrios; la generación y distribución de energía; los ferrocarriles y el transporte; la vivienda; los espacios de distribución y consumo de bienes; los de socialización, educación, religión, cultura, deporte y ocio; o las huellas en el medio ambiente; entre tantos otros aspectos. No pretendemos describir aquí todas y cada una de las realidades que componen el patrimonio de la industrialización andaluz. Basten unas notas muy breves sobre dos de sus sectores dominantes: minero-metalúrgico y agroalimentario.

Pocos territorios pueden hacer gala de un repertorio más amplio de activos mineros que Andalucía. Sus depósitos encierran buena parte de los metales usados por la humanidad, así como combustibles fósiles y otros recursos. Tanto es así que la historia de esta región está íntimamente ligada a la de sus explotaciones mineras y a los distintos pueblos que, desde el Calcolítico hasta nuestros días, se trasladaron a estas tierras atraídos por su riqueza en metales. Riotinto, seguramente el ejemplo más conocido, es buena prueba de ello. En aquel lugar las huellas de la explotación inglesa se solapan sobre las de otras fases históricas -muchas veces, borrándolas-, formando, junto con el singular medio en el que se encuentran, un conjunto de valor universal. Más allá de Riotinto y la gran cicatriz de Corta Atalaya, el patrimonio minero andaluz se extiende por el resto de la Faja Pirítica Ibérica, por el Alquife granadino, por los numerosos criaderos metálicos de Sierra Morena, por sus cuencas carboneras o por la menos conocida Sierra Almagrera, entre tantos otros lugares.

Conducción de humos de la fundición de piritas de Riotinto, Huelva (J.M. Cano)


Estrechamente ligadas al sector minero, siderurgia y metalurgia jugaron asimismo un rol decisivo en la industrialización andaluza, a pesar de que, como en aquel, las iniciativas más importantes correspondieron a emprendedores extranjeros. Piénsese, por ejemplo, en los hornos altos malagueños, las fundiciones de plomo linarenses o el amplio conjunto industrial de Peñarroya-Pueblonuevo. Este último, levantado por la francesa Société Minière et Métallurgique de Peñarroya desde finales del siglo XIX, es buen ejemplo de un centro de producción integral y autónomo diseñado para un completo aprovechamiento de los recursos del territorio. También, una clara muestra del colonialismo económico característico de la época. Hoy constituye uno de los yacimientos industriales más importantes de Europa, así como uno de los más maltratados.

Desplatación, en el cerco industrial de Peñarroya-Pueblonuevo, Córdoba (J.M. Cano)


Por su parte, la tradicional preponderancia del campo en la economía andaluza también tuvo un marcado peso en la configuración de su paisaje industrial. Molinos y fábricas de harinas y pastas; lagares y bodegas; mataderos; almazaras; destilerías y fábricas de cervezas y gaseosas; salinas, almadrabas y conserveras; fábricas de azúcar, salsas y dulces salpican toda la región, dando buena cuenta del potencial del campo andaluz y de la diversidad de la dieta mediterránea. El patrimonio agroindustrial de Andalucía es, ciertamente, muy amplio. Uno de sus ejemplos más singulares tal vez sea el constituido por el conjunto de trapiches, ingenios y fábricas dedicados a la fabricación de azúcar de caña en la Costa del Sol Oriental, que no puede entenderse sin el marco litoral en el que se desarrolla, el paisaje social de la zafra y la cultura propia de los colonos agroindustriales.

Una maceta con forma de pan de azúcar en Frigiliana, Málaga (Mª A. Medina)


Más allá de la producción y sus medios de distribución y consumo, el paisaje de la industria debe ser entendido como un escenario fundamentalmente humano. Hablamos de espacios de labor. Es decir, de lugares de tensión y confrontación donde las personas se enfrentan entre sí, con la máquina y con el tiempo, como brillantemente defiende Julián Sobrino. Los espacios de la producción constituyen un elemento fundamental para entender la sociedad actual, pero no son menos importantes las zonas de vivienda y esparcimiento, o las infraestructuras destinadas a la educación, la sanidad o la religión. De nuevo, Andalucía posee un amplio catálogo patrimonial al respecto. Un patrimonio muchas veces aún vivo, que rebasa lo material -archivos y fondos documentales inclusive- y se expande por las tradiciones, las costumbres y la cultura del trabajo. En definitiva, un legado que es necesario comprender, difundir, preservar y activar.

Casa de mis abuelos en la barriada obrera Electromecánicas III, Córdoba (J.M. Cano)    




Para saber más:
  • CASTEJÓN MONTIJANO, R. (1977): Génesis y desarrollo de una sociedad mercantil e industrial en Andalucía: La Casa Carbonell en Córdoba (1866-1918), Córdoba.
  • NADAL i OLLER, J. (1983): “Andalucía, paraíso de los metales no ferrosos”. In: DOMÍNGUEZ ORTIZ, A. (Dir.): La Andalucía Contemporánea (1868-1983), Historia de Andalucía, vol. VII, Madrid, pp. 179-240.
  • PÉREZ PLAZA, A. (Coord.) (2008): El paisaje industrial en Andalucía, Jornadas Europeas de Patrimonio 2008, Sevilla.
  • SOBRINO SIMAL, J. (1997): “Balance de la situación del Patrimonio Industrial Andaluz”, PH Boletín 21, pp. 130-136
  • SOBRINO SIMAL, J. (1998): Arquitectura de la industria en Andalucía, Sevilla.



martes, 7 de marzo de 2017

lunes, 23 de enero de 2017

El convertidor en el metalurgia del cobre (desde el punto de vista de los ingenieros de la industrialización)




El 4 de enero de 1856, Henry Bessemer inscribió una patente (adelantándose a Kelly, tal vez su primerísimo inventor) que revolucionaría el desarrollo histórico de la siderurgia y la metalurgia: había ideado un conversor en el que se introducía hierro y se obtenía acero (Simpson 1948, 201; Yorke 2007, 42-45). El milagro se obraba en un tiempo muy breve y con un consumo de combustible mínimo, lo que se conseguía inyectando aire u oxígeno en el hierro fundido (vid. Scoffern et al. 1857, 255).

Convertidores Bessemer para la fabricación de acero: durante la descarga (izq.) y en funcionamiento (dcha.) (Horne 1913, anteportada)

El éxito que alcanzó el proceso Bessemer para eliminar los metaloides en el hierro por oxidación condujo a que pronto se experimentara con su aplicación en el tratamiento de los minerales de cobre sulfurosos, primero, y de las matas, después. Así, el convertidor Bessemer se adoptó en y adaptó a la metalurgia del cobre (vid. Hiorns 1901, 311; Rhead 1907, 172; Huntington y McMillan 1904, 326).
La llegada del convertidor a las fundiciones de cobre transformó su refino de manera significativa. Las palabras de L. García Alix (1910, 33) dan buena cuenta de ello: “Modernamente la introducción en la Metalurgia del cobre del procedimiento del convertidor Bessemer propiamente dicho o con sus perfeccionamientos y modificaciones ha ocasionado una verdadera revolución y ha disminuido el número de operaciones hasta llegar al resultado final, á la vez que permite mayores economías, puesto que el costo de aparatos y máquinas para suministrar el aire necesario no llega ni con mucho á los gastos de combustible, aparatos y mano de obra de los otros procedimientos; además la rapidez y simplificación del método justifica su rápida adaptación en todos los lugares donde se obtiene cobre”.
Con todo, fue preciso salvar varios obstáculos. En 1880, por ejemplo, Manhes logró solucionar un importante problema: la obstrucción de las toberas de inyección de aire con el metal que se solidificaba al enfriarse. Manhes diseñó convertidores en los que las toberas se disponían a los lados y a suficiente altura del fondo para que el cobre producido quedara por debajo de ellas. En su convertidor, la oxidación de la mata y la reacción entre sulfuros y óxidos generaba suficiente calor como para mantener el total de la carga fundida, mientras que el cobre, reducido, se hundía hacia el espacio muerto en el fondo del convertidor, fuera del campo de acción de los chorros de aire (Huntington y McMillan 1904, 327; Rhead 1907, 172).
Los convertidores para cobre, que funcionaban mejor con una mata al 50-55% Cu (Huntington y McMillan 1904, 327), presentaban aproximadamente forma de barril, con las toberas dispuestas, como decimos, a cierta distancia del fondo o bien en el lado contrario al de inclinación del aparato (Huntington y McMillan 1904, 330; Rhead 1907, 172). Se construían generalmente en tres secciones con hierro colado o forjado. Las carcasas o armazones externos solían ser de unos 8 pies (2,43 m) de altura por 5 pies (1,52 m) de diámetro. Se mantenían suspendidos sobre 2 muñones, uno a cada lado. Los recubrimientos internos, que debían ser remplazados con frecuencia, estaban compuestos por cuarzos triturados y cerca de un 20% de arcilla plástica; alcanzaban las 18 pulgadas (45,72 cm) en la parte baja (Huntington y McMillan 1904, 328).

Convertidor Peirce-Smith para la obtención de cobre blíster: secciones y vista lateral
(Pyne 1945, 242-43, Figs. 3a, 3b)

La manera de operar con un convertidor como el descrito era, grosso modo, la que sigue (Huntington y McMillan 1904, 329):
1. El convertidor se colocaba en posición horizontal y la carga era introducida a través de su pico de colada o trompa (nose), al tiempo que soplaba un chorro de aire ligero.
2. Cargado el convertidor y en posición horizontal, el chorro de aire se aplicaba con toda su fuerza (c. 11 libras por pulgada cuadrada -4,98 kg por 2,54 cm2-). La inyección de aire continuaba prácticamente hasta que todo el hierro contenido en la mata se convertía en óxido.
3.  El óxido de hierro se unía a la sílice del revestimiento, produciéndose una escoria fundida que era retirada de la superficie o vertida inclinando de nuevo el convertidor. Esta escoria, que podía contener alrededor de un 2% Cu, era devuelta al horno para su refundición. Una pequeña cantidad de mata podía caer junto a la escoria, pero era fácilmente recuperable una vez enfriada.
4.  El convertidor se colocaba de nuevo en posición vertical y la inyección de aire continuaba hasta que casi la totalidad del azufre se oxidaba y se obtenía un cobre blíster con una pureza del 99%.
5. Finalizado el proceso, el convertidor se volcaba de nuevo, vertiendo su contenido en moldes de cobre.

Convertidor de cobre en el momento de la carga, en una imagen de mediados del siglo XX
(C.D.A. 1952, 28, fig. 21)

El proceso descrito solo requería, en condiciones normales, entre una y dos horas para convertir la mata en blíster (vid. Huntington y McMillan 1904, 229-330), lo que supuso un importante avance en la producción industrial de cobre refinado. Además, el convertidor vino acompañada de otra serie de innovaciones que simplificaron los procesos de producción de cobre metálico. De esta forma, a mediados del siglo XX la extracción de cobre por la vía pirometalúrgica se había reducido a tres pasos: calcinación del mineral en horno de reverbero, fundición para obtener mata y conversión de la mata en cobre blíster (vid. C.D.A. 1952, 23 ss).



Para saber más:
  • C.D.A. (Copper Development Association) (1952): Copper. Its ores, mining and extraction, Radlett.
  • GARCÍA ALIX, L. (1910): Proyecto de aprovechamiento de piritas, Escuela Especial de Minas de Madrid, Hemeroteca de la E.T.S.I. de Minas de la Universidad Politécnica de Madrid.
  • HIORNS, A. H. (1901): Principles of Metallurgy, Londres.
  • HORNE, A. R. (1913): The Age of Machinery. The Forces of Nature turned to the Service of Man, Glasgow.
  • HUNTINGTON, A. K.; McMILLAN, W. G. (1904): Metals. Their properties and treatment, Londres, Nueva York y Bombay.
  • PYNE, F. R. (1945): “The metallurgy of copper”. In: LIDDELL, D. M. (Ed.): Handbook of Nonferrous Metallurgy. Recovery of the metals, Nueva York y Londres.
  • RHEAD, E. L. (1907): Metallurgy. An elementary text-book, Londres y Becles
  • SCOFFERN, J. et al. (1857): The useful metals and their alloys, including mining ventilation, mining jurisprudence and metallurgic chemistry, employed in the conversion of iron, copper, tin, zinc, antimony, and lead ores; with their applications to the industrial arts, Londres.
  • SIMPSON, B. L. (1948): Development of the Metal Casting Industry, Chicago.
  • YORKE, S. (2007): The Industrial Revolution explained, Cambridge.


sábado, 17 de diciembre de 2016

El año de los tiros



A mediados del siglo XIX las piritas extraídas en Riotinto (Huelva, España) se clasificaban a pie de mina en función de su ley. Si contenían al menos un 3% de cobre, se exportaban o se mandaban a fundición. Cuando la ley era menor a esa cifra, se consideraban menas de azufre y eran destinadas a calcinación, primero, y a cementación artificial, después. Se fabricaba así una cáscara con una pureza por encima del 75% Cu, que era refinada en un blíster de c. 98% Cu (Carrasco 2004, pp. 208-209).

La calcinación se llevaba a cabo en unos montones de mineral que en España eran conocidos con el nombre de teleras. Estas ardían hasta tres meses en un proceso lento y poco rentable que dejaba escapar humos sulfurosos y ricos en arsénico, así como cenizas con una pequeña cantidad de metales básicos y preciosos: los morrongos (Carrasco 2004, pp. 209-210). Estas teleras y sus humos generaron uno de los movimientos obreros de mayor tensión y dramatismo de la historia minera de España. Las reivindicaciones acabaron en tragedia y 1888 sigue siendo una herida en la memoria de Riotinto: el año de los tiros.

Teleras en combustión en Riotinto (Nadal 1983, p. 233)

En la segunda mitad del siglo XIX existían distintos puntos de vista sobre el problema de las teleras. Los argumentos en contra son de sobra conocidos y las protestas de ecologistas, agricultores y mineros pidiendo la desaparición de los humos –o mejoras laborales y salariales, según los casos– han tenido suficiente eco en la bibliografía al uso (cf. Avery 1985, pp. 181-204). No menos famosa es la historia del anarquista cubano Maximiliano Tornet –uno de los principales líderes de las revueltas de los humos– y sus hazañas en Riotinto, que han llegado a la literatura y al cine: El corazón de la tierra, novela de J. C. Wilkins (2001) y película de A. Cuadri (2007).

Un fotograma de la cinta de Cuadri, El corazón de la tierra (fuente: Huelva buenas noticias)

Menos tinta ha corrido sobre las posturas a favor, que existieron incluso más allá de los intereses de la propia compañía.
Días antes de los tiros, el 26 de enero de 1888, y por tanto con Riotinto y sus alrededores en plena ebullición, Daniel de Cortázar, de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales e Ingeniero Jefe del Cuerpo de Minas, impartía una conferencia en el Ateneo de Madrid. De Cortázar, esmerado en aclarar que no debía nada ni a las minas ni a las gentes afectadas por los humos, se decantaba a favor de las calcinaciones al aire libre argumentando que no eran perjudiciales para la salud, sino que por el contrario la presencia de los humos reducía las enfermedades endémicas del territorio y ahuyentaba las exógenas, haciendo desaparecer fiebres y otros males (De Cortázar 1888, pp. 26-27). Defendía, también, que siendo incompatibles con la agricultura, acabar con las teleras era un sacrificio económico mucho mayor que tener que renunciar a cultivar los campos.
De Cortázar veía imposible otro tratamiento para los minerales de Riotinto, que consideraba de los más pobres del mundo: “la calcinación en montones se impone hoy por hoy en la provincia de Huelva, dada la pobreza de los minerales, y éste es el único método aplicable en la actualidad, dígase lo que se quiera, pues si bien no faltan multitud de sistemas metalúrgicos que en teoría parece resuelven la cuestión, económicamente considerada, se ve que todos hasta la fecha han resultado ineficaces” (De Cortázar 1888, p. 9). Pero en este caso el ingeniero de minas se equivocaba.
Los argumentos a favor de las teleras de hombres como Daniel de Cortázar no calmaron los ánimos de una comunidad castigada por los problemas medioambientales derivados de la agresiva explotación minero-metalúrigica del territorio. Tiempo atrás, a finales de 1886, el Ayuntamiento de Calañas ya había prohibido las calcinaciones en su término. El ejemplo se propagó por los demás pueblos a la sombra del cielo gris de las teleras (De Cortázar 1888, p. 20). El resultado ya lo conocemos (cf. Avery 1985, pp. 181-204). La multitud se congregó el 4 de febrero de 1888 en la Plaza de la Constitución de Riotinto agitando estandartes anarquistas y cantando sus protestas. No se sabe con exactitud qué causó que la guardia abriera fuego, ni cuantos mujeres y hombres lavaron con su sangre el suelo de una plaza cubierta de cenizas.

La masacre del 4 de febrero de 1888, según el pincel de Romero Alcaide (fuente: La Factoría)

La conclusión de la Rio Tinto Co. tras los disturbios fue que, en cierta manera, los obreros españoles –the natives, como eran conocidos por los ingleses– eran como niños, por lo que decidió intensificar su paternalismo industrial: mejorar el programa de viviendas y el servicio médico, crear círculos de trabajadores (los casinos) en los que se pudiera controlar su consumo de alcohol e interferir aún más en la vida política del pueblo y en la toma de decisiones del Ayuntamiento (Avery 1985, p. 204).
Los acontecimientos de 1888 movieron a la Rio Tinto Co. y a otras compañías onubenses a  adoptar formas de beneficio alternativas a las teleras. Hubo un cambio de método y la vía seca dejó paso a la húmeda (cementación natural). Apareció, con ello, un nuevo producto muy rentable en el catálogo de ventas de la compañía: las piritas lavadas, o descobrizadas, que eran vendidas a los fabricantes de ácido por sus leyes de azufre y metales (Carrasco 2004, p. 210; Avery 1985, pp. 176 y ss.).
La última telera dejó de humear en 1907 (Avery 1985, 177), pero aún se desconoce el número y el paradero de las personas que pagaron con su vida poner fin a uno de los primeros conflictos ambiantales de Andalucía.



Para saber más:
AVERY, D. (1985): Nunca en el cumpleaños de la Reina Victoria. Historia de las minas de Río Tinto. Barcelona: Labor.
DE CORTÁZAR, D. (1888): La mina de Río Tinto y sus calcinaciones. Madrid: Tipografía de Manuel G. Hernández.
CARRASCO MARTIAÑEZ, I. (2004): “La Faja Pirítica Ibérica: ¿crisis terminal o renacimiento de un distrito histórico”. In: PÉREZ MACÍAS, J. A.; ROMERO MACÍAS, E. (Coords.): Metallum. La minería suribérica. Huelva: Universidad de Huelva, pp. 203-224
NADAL i OLLER, J. (1983): “Andalucía, paraíso de los metales no ferrosos”. In: DOMÍNGUEZ ORTIZ, A. (Dir.): La Andalucía Contemporánea (1868-1983), Historia de Andalucía, vol. VII. Madrid: CUPSA-Planeta, pp. 179-240.