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martes, 15 de julio de 2014

DIARIO DE UN VIAJERO: Estado de Río de Janeiro



Febrero de 2014

A Río de Janeiro la llaman la ciudad maravillosa. Llegamos al amanecer y la encontramos en ebullición. En medio de un tráfico de hormiguero, la gente sube y baja del autobús sin prestar demasiada atención a las paradas. Avanzamos lentamente por unas calles que se abren para dejar entrever una bahía brillante bajo la luz rasante de los primeros rayos de sol.
Copacabana es un espacio diáfano y luminoso. Los turistas se entremezclan con cariocas sudorosos que practican deporte mientras lucen cuerpos y tatuajes. El pavimento del paseo marítimo, con sus ondas negras y blancas, es un icono nacional. Sobre el firme, los puestos de agua de coco y zumos de açaí se entremezclan con los botecos que despachan cerveza helada. La cuestión es hidratarse. De noche, la acera se llena de tenderetes. La viajera compra una camiseta de Brasil (el Mundial ya está próximo) y cenamos en la playa viendo a los niños de las favelas jugar con sus cometas.
Desde el Pão de Açúcar se disfruta de una bonita vista. El morro, agradable, curioso, ofrece varias atracciones: la naturaleza -¡mira, macaquinhos!-, el paisaje, el paseo en teleférico… No puede decirse lo mismo del Corcovado, masificado, desapacible. Todo en torno al gran Redentor resulta un tanto falso, y la experiencia ciertamente decepciona.
Ipanema es una playa que invita a pasear al atardecer. Desde la arena vemos pasar un enorme y animado bloco: el Carnaval está a punto de comenzar y las calles ya vibran con el reverbero de los tambores. Por la noche, en Lapa, bebemos caipirinhas en alguno de los pocos locales de samba en los que es posible encontrar un huequito para sentarse.

Paraty debe de ser, después de la capital carioca, el principal destino turístico del estado de Río. En las tiendas de recuerdos, abundantes, el producto estrella es la reputada cachaça local, que se fabrica en los también numerosos alambiques de la zona. Paraty es una ciudad pequeña, coqueta y colonial. Una ciudad que despliega una escenografía espléndida, con su río lleno de barquitos atracados, sus calles intactas de grandes e irregulares losas de piedra, y sus casas encaladas con puertas y ventanas pintadas en vivos colores. Paraty es un buen sitio para hacer fotos de postal.
En Paraty la viajera experimenta, por primera vez, la lluvia tropical. Cuando escampa, las calles se han convertido en pequeños canales y para cruzar de una acera a otra es necesario meterse hasta las rodillas. La gente hace esto con la naturalidad que envuelve a la costumbre. Afortunadamente, el agua está tibia y calzamos sandalias de goma.

Desde Paraty hacemos algunas excursiones, de playa y de montaña. A la playa de Paraty-Mirim se llega mejor en barca. Nosotros lo hacemos en coche, a través de una pista de tierra retorcida e interminable, enlodazada por las fuertes lluvias de ayer. Una pista de tierra por la que nos adelanta el autobús de línea. En la playa, pequeña, recogida entre dos brazos de monte, hay un bar. Comemos pasteles fritos cuando un hombre se acerca a nuestra mesa y nos da a probar cachaça de su vaso. Mientras bebemos dice: caramelada; y se vuelve satisfecho a su sitio, en la barra, donde le esperan con expectación. En la montaña los principales atractivos son las destilerías y las cataratas. Atravesamos a pie un tramo de mata atlántica y nos dejamos resbalar por la Cachoeira do tobogã. Puede ser un juego tonto, pero libera adrenalina.

Cerca de Paraty, en la frontera con el estado de Sao Pãulo, se encuentra Trindade. Trindade es un pueblecito de pescadores al que a la gente le ha dado por ir. A Trindade, que se esconde en la montaña, se llega por una carretera muy empinada. A tramos el asfalto desaparece y el camino continua sobre la roca desnuda, o sobre un arroyo que vierte su agua limpia en el mar. En Trindade el océano invita a imaginar barcos de piratas. A la playa se accede cruzando los estrechos callejones que separan las casas, oscuros y húmedos. Atrás, en la calle principal del pueblo, algunos locales sirven comidas. Almorzamos al peso en una mesita con mantel de hule. La comida la prepara una mujer joven y la despacha su hijo, un niño que se ayuda de los dedos para calcular nuestra cuenta.


Volvemos a Campinas por una carretera que, bajo una niebla densa, serpentea para sortear la Serra do Mar, último reducto del vergel tropical que encontraron los portugueses al arribar, siglos atrás, al litoral sur brasileño. Ya en la autovía, de camino a casa, la viajera, que se llama Carmen, avista un tucán. El pájaro, con su pico imponente, majestuoso, parece cruzar el cielo anunciando nuestro próximo destino: el Pantanal Matogrossense.


Paraty, la ciudad colonial que mira al mar


2 comentarios:

Smile dijo...

La viajera pensó que ese sería el único tucán que avistaría. Cuán equivocada estaba...
Vibrante Brasil, con todas las penalidades, sacrificios e incomodidades que conlleva, es una tierra donde uno puede llegar a descubrir que quizás es cierto eso de que existen más de cinco sentidos. Gracias, viajero por compartir tu experiencia con la viajera.

Ciudadano dijo...

Brasil es, efectivamente, un Nuevo Mundo, un lugar para descubrir y compartir.
Se vive mejor cuando la maritaca revolotea a tu alrededor ;-)
Gracias por el comentario

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